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lunes, 20 de julio de 2009

El bien más preciado es la libertad.

18/07/2009

La respuesta popular al golpe fascista de 1936 fue la materialización a gran escala de la Acción Directa, que era, y es, uno de los principios básicos de la CNT.

Este mes se cumplen setenta y tres años de aquel 18 de julio de 1936 en el que lo más reaccionario del país, la auténtica España negra, se levantó en armas contra el pueblo trabajador. La derecha asilvestrada, en estrecha alianza con la jerarquía eclesiástica, utilizó la vía del golpe de Estado para retrotraer la situación socio-política a la época anterior a la proclamación de la República.

La CNT sabía perfectamente que se iba a producir el levantamiento (de hecho, hacía meses que había advertido de ello al gobierno republicano), y por lo tanto estaba preparada, en tensa espera, para responder a él con todos los medios a su alcance. Así, nada más conocerse que se había iniciado en el norte de Marruecos el movimiento militar-fascista-clerical (cosa que el gobierno negó en las primeras y decisivas horas) declaró la huelga general, y su militancia se preparó para el enfrentamiento directo con los enemigos de clase.

Madrid y Barcelona, las dos ciudades más grandes, eran -precisamente por ese motivo- los dos principales objetivos de los sublevados, y en ambas fracasaron, gracias a la enconada resistencia popular. Especialmente en Barcelona, la oposición a los militares traidores fue tan fuerte y tan bien coordinada que el fracaso del ejército fue estrepitoso. El pueblo trabajador barcelonés, sin distinción de sexos ni edades, se echó a la calle y se enfrentó, prácticamente sin armas, a los facciosos, venciéndolos tras una cruenta lucha. La gesta popular fue posible gracias al idealismo de aquellos hombres y mujeres imbuidos de los principios libertarios, lo que les llevaba al heroísmo y al desprecio de la propia vida, si era preciso. El mismo himno de la CNT (la vieja Varsoviana) dice que el bien más preciado es la libertad, y no la vida u otro valor, y aquellos militantes estaban dispuestos a arriesgar su vida en la lucha por conseguir la libertad para todos. Por cierto, que la victoria popular parece ser que se empezó a estudiar desde entonces en academias militares de todo el mundo, para que no volviera a darse el caso de que una chusma -como la calificaron aquellos militarotes- derrotara a tal institución.

La respuesta popular al golpe fascista, más enérgica cuanto mayor era la presencia de las organizaciones libertarias en las distintas regiones, fue la materialización a gran escala de la Acción Directa, que era, y es, uno de los principios básicos de la CNT. Y esa acción directa continuó, inmediatamente después de vencer al enemigo en todos los lugares en los que fue posible, manifestándose en la incautación y colectivización de las empresas, en muchos casos abandonadas por los empresarios, y a las que los trabajadores volvieron a poner en funcionamiento. Se ponía así en práctica el Concepto Confederal del Comunismo Libertario, aprobado en el Congreso Confederal de mayo del mismo año, para el que se tomó como base el folleto escrito por Isaac Puente. La industria, la agricultura y los servicios funcionaron mucho mejor, con un notable aumento de la productividad, porque los obreros eran conscientes de que, una vez eliminados los patronos, estaban trabajando para sí mismos; es decir, en beneficio de la sociedad en su conjunto y no en provecho de una minoría explotadora.

Mientras la CNT, la FAI, y las demás organizaciones del movimiento libertario, se habían puesto manos a la obra para extender y profundizar la obra constructiva de la revolución social, otros conspiraban contra las conquistas populares. Así, por ejemplo, los esbirros de Stalin se opusieron al pueblo, desarrollando una labor claramente contrarrevolucionaria, pues el mismo día 19 de julio de 1936 el PSUC (rama catalana del partido comunista) dejó bien claro que luchaba por la república democrática, y lo mismo manifestó Santiago Carrillo, mientras que el también comunista Jesús Hernández atacó duramente a la CNT por las incautaciones de empresas que había realizado.

Pero no se conformaron los comunistas estatistas con oponerse dialécticamente a la revolución social, sino que llegaron al asesinato de compañeros cenetistas y anarquistas que se opusieron a la militarización de las milicias (cuando esta se produjo) o se negaron a aceptar el carnet del partido comunista español. Además, cuando creyeron ser lo suficientemente fuertes, provocaron en Barcelona -en los primeros días de mayo de 1937-, como marionetas que eran de la URSS, una verdadera guerra civil dentro del campo antifascista, con la intención de destruir a la CNT o, al menos, debilitarla de una manera importante, sin tener ningún reparo en provocar cientos de muertos.

Esta es la verdad, y de ello hay constancia escrita y audiovisual. El pueblo obrero -con la CNT a la cabeza- no sólo se enfrentó a una parte del ejército español (ayudado por Alemania e Italia), sino también al totalitarismo soviético, que actuaba a través de los estalinistas españoles. Porque la CNT deseaba la verdadera revolución y luchaba por ella, costase lo que costase, y no defendía una república democrático-burguesa que había reprimido duramente a los trabajadores. Los compañeros que nos precedieron no araron en el mar, porque la CNT -hoy como ayer- está en contra de todo gobierno y de todo régimen político, puesto que está en contra del sistema capitalista. Somos una alternativa global al sistema, el embrión de una nueva sociedad, sin dirigentes y dirigidos, sin amos y esclavos, sin explotadores y explotados. Mientras tanto, vamos consiguiendo victorias parciales que mejoren las condiciones económicas y sociales de los trabajadores. Mordemos los tobillos del sistema y algún día nos lanzaremos a su yugular.

Artículo elaborado por el Secretariado Permanente del Comité Nacional para la editorial del periódico cnt.

www.lahaine.org

domingo, 28 de septiembre de 2008

La anarquía como verdadera democracia.

...por Rafael Cid

Desde que tiene memoria, el anarquismo ha significado lucha contra el Estado, porque el Estado contiene y simboliza el sistema de opresión y explotación que impide la autodeterminación individual y colectiva en cumplimiento de su papel como guardián legitimador de los intereses de las oligarquías dominantes.

Pero ahora, cuando el Estado-nación adquiere fecha de caducidad, no por la acción del corrosivo embate antiautoritario sino para refundarse y servir mejor a la causa de la globalización neoliberal y capitalista, el pensar anárquicamente parece perder con esta mutación a uno de sus principales referentes. Ante esta perspectiva, ¿cuál debe ser la posición del anarquismo? ¿Sobrevivirá intelectual, social y éticamente el anarquismo en esta incipiente “sociedad del riesgo” (Ulrich Beck), que chapotea sin rumbo en una “vida liquida” (Zygmunt Bauman) dominada por el ocaso de la esfera pública y una imparable “corrosión del carácter” (Richard Sennett) que imposibilita la identidad moral? ¿Qué futuro tiene el anarquismo después del Estado?

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Responder a esta pregunta, requiere repensar el anarquismo, impulso que puede tener muchos y diferentes asertos, dependiendo de ópticas, coyunturas, situaciones, latitudes y momentos. Incluso cabría decir con mayor propiedad que los que habría que revisar son “los anarquismos”, en plural, porque no sólo existen distintas versiones teóricas del anarquismo (individualista, colectivista, organizado, invertebrado, etc.), sino que la geopolítica condiciona el tipo de anarquismo que se aplica en cada tiempo y lugar. Aunque los principios sean comunes y comunicantes, su desarrollo lógico tiene que adaptarse a cada circunstancia. El contexto de EEUU es distinto al de Europa y éste, a su vez, poco tiene que ver con el de América Latina, que, por otro lado, dista de parecerse a Asia, por no hablar de las sub-diferencias internas de esta compleja cartografía. Hablamos, ciertamente, de realidades incomparables, en algo caso con distancias seculares aunque cronológicamente habiten en la misma era, pero con una misma raíz. Desahuciados fascismos y comunismos por la historia como auténticas plagas ideológicas, sólo queda en pie la subversión anarquista para refutar a un capitalismo deshumanizado que hoy incluso está poniendo en peligro la vida sobre el planeta.

Pero una de esas formas de repensarlo, quizá la más prioritaria y seminal, consiste en “organizar la anarquía” explorando las fuentes intelectuales de la acción directa y el antiautoritarismo como no-dominación. Porque no nos hemos quedado huérfanos, ni es real el fin del Estado. Hay, que duda cabe, una tendencia al Estado mínimo (policial, contributivo y performativo), pero eso no hace sino blindar el lado autoritario del sistema, dejándolo desnudo de atributos asistenciales y solidarios que durante más de siglo han contribuido a legitimarle. Aparte de existir una manifiesta centrifugación del Estado a favor de instancias supranacionales, porque su verdadero “esperanto”, su “lingua franca”, es la unidad de cambio. La presente coyuntura global se caracteriza por la retirada del tipo de Estado contingente, que suplía autoritariamente al mercado donde este no llegaba, en favor de un mayor mercado que precisa para hacerse hegemónico de enfatizar al individuo aislado como consumidor soberano. Lo que conlleva la destrucción del individuo solidario y autónomo, algo que por otros medios también perseguía el viejo aparato del Estado-nación.

En realidad la tradición de combatir al Estado como tal nunca estuvo en la prioridad axiológica del anarquismo. Nuestra apuesta es que lo propio del movimiento libertario es la pasión por la libertad, la autodeterminación, la acción directa, la asociación voluntaria, el antiautoritarismo, el apoyo mutuo. Y todas estas certezas nos llevan a la necesidad de recuperar las raíces de la identidad libertaria en las fuentes de la no-dominación, y en ese contexto el antiestatismo es una derivada lógica, consecuente e indispensable, pero derivada y subsidiaria en cualquier caso. De lo contario, si aceptáramos el planteamiento bipolar, la actual jibarización del Estado significaría el ocaso del anarquismo. Y no hay tal.

El anarquismo goza ya de larga vida. Tiene una mala salud de hierro. Mientras comunismo y fascismo han sido consecutivamente sentenciados por la historia, la veta libertaria sigue vigente. Quizá porque, como decía Hegel del concepto de historia, representa el único modelo de convivencia cuyo desideratum es plasmar la historia humana como el progreso de la conciencia de la libertad. De ahí que haya que buscar respuestas de vigor y fuste que revelen la oculta energía del “viejo topo”, más allá de su coyuntural e histórico antiestatismo que tanto protagonismo focaliza. Porque la realidad constatable insiste en que el anarquismo, que aparentemente no está en ningún sitio –es una utopía-, constituye hoy por hoy una vigorosa evidencia (no es una ucronía).

El triunfo exponencial del sistema de libre mercado capitalista, no sólo supuso una derrota histórica de la democracia entendida como gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, sino que además permitió la usurpación de las señas de identidad de los primeros “liberales” avant la lettre, los radicales que rompieron las cadenas del feudalismo y apostaron por una sociedad de individuos libres y solidarios, los anarquistas. Esa fue la razón que motivó al anarquista individualista Joseph Dejacque a desmarcarse del término “liberal” y reclamar el neologismo “libertario” para la saga de pensamiento que tuvo a Proudhon, Bakunin y Kropotkin como pioneros.

Res pública

Lo que el capitalismo de fuste smithiano y el liberalismo asociado pusieron encima de la mesa fue la libertad de los modernos, una concepción de libertad individual (privacy) garantizada por la ley, que primero Jeremias Bentham y después Isaac Berlin rebautizaron como “libertades negativas”, en arriesgada cabriola terminológica que podría interpretarse como un lapsus freudiano. Una “privacy” que escinde la esfera pública de la privada y que fue utilizada con rotundo éxito como recambio suplantador de la libertad de los antiguos, modelo que, aparte de inspirar una democracia deliberativa y participativa, merecería por simetría representar la categoría de las “libertades positivas”.

Con lo que, sin pretenderlo, el ordenamiento democrático que la estructura económica capitalista demandaba en su holística, asumía las prerrogativas del panóptico ideado por Bentham como paradigma de arquitectura fabril. Una especie de casa de cristal que permitía a un estamento superior (más alto, jerárquica y socialmente hablando) controlar y regular el tráfico social, semaforizando opciones y actitudes de su escala de valores. Y aquí es donde el anarquismo y los anarquistas que en el mundo han sido forjaron su espléndida mala reputación. El libertario rechazo de los gestos autoritarios, elitistas, estatalistas, oligárquicos y de manumisión blanda que los Proudhon, Bakunin o Kropotkin defendieron al mantener insobornable el principio de la “acción directa”, hizo del pensamiento antiautoritario el único yacimiento socialmente verificable de la autodeterminación individual frente una democracia de mínimos de nueva planta. Incluso, si no nos ciega la fe del carbonero, en el propio campo liberal independiente se pueden encontrar testimonios de disidencias, malgre lui, que entroncan con el acervo libertario. En un pensador tan conservador y riguroso como John Rawls despuntan rastros proudhonianos cuando aborda la crítica del utilitarismo por ignorar las necesidades de las personas y funcionar por mayorías (otra vez la Ley del número que explicitó nuestro Ricardo Mella), mecanismo que permite sacrificar por un teórico bien común a individuos concretos marginalizándolos. El autor de Teoría de la justicia afirma que la acción política justa debe ir encaminada a remover las desigualdades “involuntarias” (las originadas en naturaleza y la familia) y la desigualdad provocada por el medio social. Su famoso “principio de diferencia”, que significa en la práctica una “discriminación positiva” a favor de la gente más humilde y desdichada, comparte una cierta identidad moral con la propuesta del padre del anarquismo para acabar con el “derecho de fortuna” (la herencia), y las “ganancias sin trabajo”, que dado el origen social de toda riqueza es sinónimo de “rentas robadas”.

No hay ideas innatas. Todo texto tiene un contexto y su alfaguara de ideas. Hay que pensar el pensamiento por el calado del pensamiento mismo y no por su ubicación más o menos académica en zonas de complacencia política o intelectual. Y hay que huir de las verdades reveladas y de sus corifeos. Abunda el modelo de “entendido” que está de vuelta sin haber ido. A Marx, que nunca fue marxista, le petrificaron sus publicistas, y a Adam Smith los smithistas, que se disfrazaron con la divisa liberal para fundamentar un sistema económico degradado respecto al verdadero mensaje antifeudal del escocés, a la sazón profesor de filosofía moral.

De libertades

Conviene insistir en que ya en 1755 Adam Smith tenía a la Libertad con mayúscula en alto aprecio ético e intelectual, entendiendo por tal “la eliminación de cualquiera restricciones, excepto las impuestas por la justicia”, y manifestaba la convicción de que “la interacción libre de los individuos no produce ningún caos, sino una estructura ordenada lógicamente”. Nada más lejos del individuo monadista e insolidario que propaga e incentiva el neoliberalismo percutente. ¿No suena la fe teleológica de Adam Smith en la libertad afín a ese flash de Proudhon sobre la anarquía como la más alta expresión del orden? El sabio que produjo esa monumental investigación aplicada al reino de la escasez cifraba en “la simpatía y el sentimiento de comunidad” el fundamento de toda ética según dejó escrito en su libro Teoría de los sentimientos morales, un texto publicado diecisiete años antes que la obra que le procuro mérito y reconocimiento universal como padre de la economía.

Organizar la anarquía, indagar lo que de libertario hay en lo liberal y lo que de liberal hay en lo libertario, asumir el antiautoritarismo y la autodeterminación como una dimensión moral y la democracia como un referente, requiere trabajar en dos hemisferios a la vez. De un lado, exige recobrar el perfil intelectual en que apareció el anarquismo como ideología emancipatoria, sin ocultar tutelas y legados que puedan resultar incómodos desde una perspectiva unidimensional y fundamentalista. Y de otro, sacar las consecuencias de las petrificaciones a que ha sido sometida esa teorización esgrimida para preservarla, ingenua y torpemente, como pensamiento único y original. Sólo con un ejercicio de honestidad intelectual se puede avanzar en la necesaria utopía anarquista. Phillip Pettit, autor del célebre libro Republicanismo, sitúa en la fecunda obra de Thomas Hobbes el punto de fuga en que culmina el ciclo “libertario” y arranca el “liberal”, al asegurar que “la noción hobbesiana de libertad -como no influencia- gozó de poco influencia antes del siglo XVIII y (que) hasta ese momento la noción republicana de libertad como no-dominación imperó en el mundo angloparlante”.

A más más, como recuerda Hanna Pitkin en su obra El concepto de representación, fue Hobbes quien “inventó” el término “representación” para la historia del pensamiento, y el que conceptualizó el Estado (Leviathan) como paso civilizatorio ante un estado de naturaleza que convertía la vida del hombre en solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta. Dos sinécdoques, “representación” y “Estado”, que operan el milagro político de tomar la parte por el todo sin mella de legitimidad ni soberanía. Es el mismo Hobbes, por otra parte, que ha sido agudamente reprobado contundentemente por Rawls al separar ética y política y suministrar la cobertura lógica para esa nueva racionalidad supersticiosa que hizo del capital la única medida de todas las cosas.

De la nada nada sale. La nada nada abona. Hay anarquismo porque supo intuir sin desmayo la esencia de la convivencia solidaria. Y aún habrá anarquismo porque mediante la acción directa se ha sembrado de experiencias e ideales el recto camino a la democracia. Kant, un referente que fue pre-contemporáneo de Proudhon y de Bakunin sólo concebía el Estado como Estado de Derecho para asegurar la autodeterminación individual (“la servidumbre es la muerte de la persona”), frente al Estado despótico y paternalista de la Ilustración que pretendía nuestra felicidad desde arriba. La prueba está en esa generación emergente de pensadores republicanos y anarcoprimitvistas (pienso en el siempre interesante y trasgresor John Zerzan) que beben en sus fuentes con registros diferentes. La historia es memoria y pensamiento cuando se nutre de valores y experiencias de libertad. Y olvido y periodismo cuando habita en “una era de sucesos sin consecuencias” (John Zerzan, Futuro Primitivo, 2001, p.112). De ahí la necesidad de organizar la anarquía repensando su primer memorial para enfrentar el tiempo que viene de una sociedad sin Estado.

O si no, medítese en el siguiente análisis de Pettit: “A medida que el estado obtiene los poderes necesarios para ser un protector más eficaz, a medida que se le permite disponer de ejércitos, fuerzas de policía o de servicios de inteligencia más o más grandes, se convierte en una amenaza para la libertad como no-dominación, mayor aún que la de cualquier amenaza que ese estado trate de erradicar”.

El pueblo en asamblea

Como demuestra la reacción ante el democrático “no” del referéndum irlandés en el caso de la ratificación del Tratado de Lisboa, lo que hay hoy ni es democracia ni se puede calificar de política (“lo llaman democracia y no lo es”, grita la lúcida calle en momentos de catarsis), sino pura gestión de grupos de intereses barnizada con mensajes regalados. De ahí que redescubrir lo que de verdadera democracia hay en el anarquismo pueda ser un ejercicio útil. Repensar el anarquismo desde coordenadas democráticas es tanto como anarquizar la democracia, hacerla libertina, libertaria, radical y avanzada, superando su encorsetamiento retroliberal.

Debajo del atrezzo con que suele presentarse a la llamada “democracia representativa” y al “Estado democrático” se oculta un oximoro que, como sostiene el proverbio judío de las falsas evidencias, siempre se camufla en el punto más próximo al foco luminoso, en nuestro caso presentándose como paradigma del principio de legitimidad. Pero lo que pone en evidencia el anarquismo, y hoy muchos politólogos comienzan a admitir sotto voce, es la imposible cohabitación entre representación y democracia, entre Estado y polis: cual fingida mantis religiosa, la representación y el Estado canibalizan a la democracia de la polis. Como alguno de esos pensadores ha reconocido, Estado y representación constituyen una suerte de desgraciado lecho de Procusto para la democracia del demos, el pueblo en asamblea, y de la kratia, fuerza. Es más, desde la atalaya histórica vigente puede afirmarse que a más representación y Estado más consolidado, menos democracia, y viceversa. “Estado democrático” y “democracia representativa” son mundos incompatibles, sendas contradicciones en sus términos que el poder oligárquico legitimó para tomar de forma placeba las riendas de la sociedad.

Eso ya estaba inscrito en el ADN de la anarquía desde que Joseph-Pierre Proudhon acuñara ese término griego -como sinónimo de no gobierno, no autoridad- para definir el sistema de convivencia que mayores cotas de libertad e igualdad ofrece a la ciudadanía. Acción directa, equidad, libertad, pluralismo, laicismo, res pública, federalismo, solidaridad y autodeterminación son algunas señas de identidad de un anarquismo que se pretende como la ausencia de gobierno autoritario, ya que cuando todos gobiernan (demo-kratia) nadie manda (an-arquia). Luego, la en tantas veces en teoría desahuciada y utópica anarquía, que ha concitado esfuerzos sin cuento para borrarla de la historia del pensamiento social, defenestrarla del corpus científico y expulsarla del mundo académico como una anomalía marginal, se puede concebir como la recepción de la verdadera democracia, la radical, en la era de la sociedad industrial y las muchedumbres solitarias. La versión pensable y realizable de la “democracia de los modernos”.

Una idea preñada de futuro que, frente al pensamiento único y bípedo del comunismo-capitalismo de Estado y sus teloneros, siempre luchó por refutar estos reclamos y abstracciones. Y todo, por entender que sus arietes principales, el concepto de representación y el de Estado, no eran más que la expresión manumisora y cómplice de una sinécdoque (tomar la parte por el todo) y una metonimia (confundir las causas con el efecto), reimplantadas con anestesia occipital en un cuerpo político manufacturado como voluntad general.

Frente a esas entelequias diseñadas al servicio de la alienación-claudicación propiciada por la realpolitik –de la misma forma que en economía el capitalismo oficia respecto a la producción- la idea anarquista pone en el centro del sistema al hombre concreto, social e individualmente considerado, depositando en el ejercicio de su libertad y responsabilidad la dinámica de la política genuina entendida como casa común entre libres, iguales y racionales.

La política como acción directa

Luego están algunas motivaciones a la contra que también han contribuido a la redacción de estas páginas. Por ejemplo, acotar cierto revisionismo exhibido por viejos marxistas, como los ilustres y antiguos representantes de Socialismo o Barbarie tal que Corneluis Castoriadis, Claude Lefort o Miguel Abensour; por algunos miembros del denominado republicanismo cívico y por otros eximios francotiradores del oportunismo ideológico. Inflexión esta que converge finalmente en la proscripción del Estado y la representación como fatales errores del canonizado y demasiado tiempo celebrado socialismo científico y cuartelero que tanto infortunio, tragedia, dolor y miseria lleva cobrado. Muchos de estos pensadores ex post tienen el decoro de citar la raíces anarquistas de su “camino de Damasco” intelectual. Otros pocos lo insinúan con afectación dolosa, aunque sin pagar el peaje de descrédito debido. Y no faltan quienes, por último, pavonean en el río revuelto del populismo autoritario rutilantes exégesis sobre como “cambiar el mundo sin tomar el poder” esquivando toda referencia reveladora del calibre de su plagio y la catadura de su indigencia moral.

Pero los “anarquistas con carné”, que haberlos haylos, también debemos hacer autocrítica. Cara al avance social, es preciso devastar el interesado cliché del anarquista de manual con su fetichismo antisocial y pendenciero, tarifado de “comecuras” y espasmos netchaevtianos (“este héroe del asesinato político”, que dijo el casi siempre sagaz Bakunin), anclado en el fonambulismo de la mitología indígena que refuerza esa imagen del solipsismo ácrata tan del agrado de cuantos a derecha, centro e izquierda, en las instituciones y en la sociedad civil, entienden la insurgencia de lo libertario no sólo como una amenaza a sus posiciones de poder sino como un feroz e indiscriminado peligro social.

Sólo una auténtica participación deliberativa del demos (todo el pueblo en asamblea ) en el gobierno de la polis (la “autoinstitución de la colectividad por la colectividad”) será capaz de superar la galopante y funesta trivialización actual a que se ve sometido el concepto de democracia. Cuando la ciudadanía activa (sujeto de la polis) se reconoce en ella y la reivindica, únicamente la violencia extrema y concertada por los poderes fácticos e ilegítimos puede ya desalojarla. Como quedó demostrado en la defensa popular ante la destrucción homicida de la II República española, nuestro primer ensayo de democracia cabal. En este contexto de una nación balizada por siglos de dictaduras y meses de democracia, alguna reflexión sobre la esencia democrática del anarquismo merece el hecho de que nuestras dos únicas experiencias de res pública hayan tenido un acusado protagonismo libertario. Por una parte, durante la Primera República de 1873, con un presidente, Pi i Margall, introductor de Proudhon en el país, que en opinión de Federico Urales representó “el primer destello anarquista en España”.Y de otra, en la fase del Frente Popular de la Segunda República en 1936 (régimen surgido de un ¡ plebiscito municipalista ! en 1931), contribuyendo los anarquistas a su triunfo con una decisiva votación en las elecciones y luego, en momentos de máximo peligro, llegando incluso a compartir a regañadientes el gobierno.

El factor expansivo de la democracia participativa del demos frente a la democracia oligárquica de las élites tiene una manifestación colateral en la explosión cívico-cultural que históricamente ha acompañado a sus escasas manifestaciones, lo que prueba la extraordinaria capacidad creativa inserta en las energías que son liberadas cuando el pueblo llano asume su propio destino sin interferencias ni delegaciones. Las “edades de oro” que acunaron a la Grecia de Pericles, las ciudades-estado del Renacimiento italiano, la Revolución Americana de 1776, la Revolución Francesa de 1789 y los experimentos transformadores que significaron las efímeras repúblicas de Weimar y la española de 1931 son referentes del vigor autodeterminacionista que implica vivir “para” la política y no “de” la política.

De lo contario, si el pueblo resulta suplantado por élites y reducido a un espejismo epistemológico, el sistema político se convierte en una ruleta rusa reversible que sirve igual para pasar legalmente de una situación de dictadura a otra de democracia (caso transición española), como a la inversa, de la democracia al totalitarismo nazi (caso en Alemania de Hitler). Un eje-cigüeñal el descrito cuyas consecuencias fueron analizadas por Hans Kelsen, el jurista impulsor de la doctrina constitucional, y por Robert Michels, el sociólogo que culpó de la oligarquización de la democracia a la profesionalización jibarizada de la representación.

La anarquía de los modernos

La “democracia de los antiguos” se perdió petrificada en los turbios meandros de la sociedad de consumo y la autista delegación política. La posible “democracia de los modernos” será libertaria o será más de lo mismo pero peor. Porque, arrancado el referente de su experiencia, seremos fatalmente irreconocibles. Queda poco tiempo, pero aún estamos emplazados si hacemos de la adversidad virtud y confiamos el poder a la imaginación. La democracia, como recuerda Tucidides, se formuló en momentos de crisis, cuando tras la derrota griega en la I Guerra del Peloponeso Pericles declaró: “Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un modelo a seguir. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría, es democracia”.

La reflexión sobre el anarquismo como verdadera democracia exige la compresión cabal del concepto clave de “representación”, que es el locus donde se materializa la “ausencia de la presencia” del ciudadano activo, y abordar con competencia el reciente y decisivo problema de los media como nuevos agentes mediadores en las sociedades del conocimiento. Una colosal herramienta que ha logrado entronizar urbi et orbi una “democracia de percepción”, un elemento sobrevenido con el que se intenta culminar la deriva de las iniciativas políticas más o menos inclusivas a favor de una democracia excluyente, de karaoke o simulacro. Y todo para que las “personas físicas” (los ciudadanos) sucumban ante la “personas jurídica” (la empresa), mientras la democracia, en cuyos valores hay yacimientos de equidad, veracidad y libertad (isonomia, isegoría y parresia) sea definitivamente sustituida por la demoscopia, ese testimonio de opinión pública-publicada fabricada por la galaxia mediática. Los medios de comunicación de masas son actualmente los nuevos púlpitos que nos catequizan en la servidumbre voluntaria.

¿Sobrevivirá intelectual, social y éticamente el anarquismo en esta incipiente “sociedad del riesgo” (Ulrich Beck), que chapotea sin rumbo en una “vida liquida” (Zygmunt Bauman) dominada por el ocaso de la esfera pública y una imparable “corrosión del carácter” (Richard Sennett) que imposibilita la identidad moral? ¿Qué futuro tiene el anarquismo después del Estado? Ha llegado la hora de que futuros investigadores, gentes sin perjuicios ni prejuicios, honestos ciudadanos, ahonden en los valores democráticos de la acción directa.

Allons enfants, un último esfuerzo, su nombre es demoacracia.

Nota: Este texto forma parte del ensayo de Rafael Cid, “DEMOACRACIA. EL ANARQUISMO DE LOS MODERNOS”, de próxima publicación.

debatelibertario.blogspot.com

sábado, 23 de agosto de 2008

El progreso y la mirada ácrata…

José Sanchez Rosa en “Las dos fuerzas: reacción y progreso” en el periódico “El Progreso” Sevilla 1910.

"Nada faltará, porque se multiplicarán los descubrimientos científicos, porque llenaré la tierra de máquinas para todas las producciones, las que… funcionarán obedeciendo a la dirección inteligente de los hombres y producirán tanto o más que veinte veces multiplicada la especie humana pueden consumir. Sí, será superabundantísima la producción, porque hará que se opere una gran revolución en las costumbres de la agricultura; porque se abrirán canales en todas direcciones…; se cubrirá gran parte del suelo de invernaderos…; los productos de la industria serán de sorprendente abundancia… Se acortarán las distancias y los medios de comunicación serán completos…; el telégrafo y el teléfono llevarán los pensamientos y la voz a todas partes…”

Ricardo Mella en “La nueva Utopía” 1908.

”Una gran extensión superficial ofrece un horizonte mágico. Centenares de chimeneas lanzan al aire penachos interminables de humo. La industria en todo su apogeo, la maquinaria en toda su grandiosidad combinatoria utiliza para transformarlo en trabajo, ya el vapor, la el salto de agua, o bien el poderoso motor eléctrico que van venciendo al carbón y desenterrándolo de las fábricas. Inmensos edificios cobijan máquinas gigantescas que funcionan sin cesar, y aquí y allá el obrero apenas tiene otro trabajo que el de dirigir y ordenar la marcha ordenada de los diversos mecanismos sometidos a su dominio. Los trenes circulan por todas partes transportando los productos de aquella colosal industria. La fuerza animal, el motor de sangre, apenas se utiliza en las labores agrícolas. Las locomotoras marchan a impulsos de poderosas tracciones eléctricas o de perfectísimas aplicaciones de vapor… Los sueños más audaces se han realizado: navegación aérea, submarina, potencia eléctrica aplicada al movimiento, a la luz y al trabajo… desde el más pequeño barquichuelo hasta el más formidable y férreo transporte, todos son vehículos de paz y bienandanza que cruzan los mares de uno a otro confín”

Fernando Tarrida del Mármol en el Primer Certamen Socialista de Reus 1885.

”En el porvenir, la Ciencia se verá libre de lastres. La nueva aplicación mecánica será lo que tiene que ser: una ayuda, un alivio para el obrero. Hoy los trabajos repugnantes y peligrosos, hechos por necesidad de la miseria, mañana, con la ayuda de la maquinaria, serán incluso placenteros. Tan solo serán por unas horas, nunca para enterrarse vivos durante el día entero”

www.red-libertaria.net

Sacco y Vanzetti.

...por Howard Zinn (La Jornada, 23/08/07)

Cincuenta años después de la ejecución de los inmigrantes italianos Sacco y Vanzetti, el gobernador Dukakis de Massachusetts instauró un panel para juzgar la justicia de dicho proceso, y la conclusión fue que a ninguno de estos dos hombres se les siguió un proceso justo. Esto levantó en Boston una tormenta menor. John M. Cabot, embajador estadounidense retirado, envió una carta donde declaraba su “gran indignación” y apuntaba que la sentencia de muerte fue ratificada por el gobernador Fuller luego que “tres de los más distinguidos y respetados ciudadanos hicieran una revisión especial del caso: el presidente Lowell, de Harvard, el presidente Stratton, del MIT, y el juez retirado Grant”.

Esos tres “distinguidos y respetados ciudadanos” fueron vistos de modo muy distinto por Heywood Broun, quien en su columna de New York World escribió inmediatamente después que los invitados distinguidos del gobernador rindieran su informe. Y decía: “No cualquier prisionero tiene a un presidente de Harvard University que le prenda el interruptor de corriente… si esto es un linchamiento, por lo menos el vendedor de pescado y su amigo el obrero podrán sentirse ungidos en el alma, pues morirán a manos de hombres con trajes de etiqueta y togas académicas”. Heywood Broun, uno de los más distinguidos periodistas del siglo XX, no duró mucho como columnista de New York World.

En el 50 aniversario de la ejecución, el New York Times informó que “los planes del alcalde Beame de proclamar el martes siguiente como el ‘día de Sacco y Vanzetti’ fueron cancelados en un esfuerzo por evitar controversias, dijo un vocero de la municipalidad ayer”.

Debe haber buenas razones para que un caso de 50 años de antigüedad, hoy ya de 81 años, levante tantas emociones. Sugiero que esto ocurre porque hablar de Sacco y Vanzetti inevitablemente remueve asuntos que nos perturban hoy: nuestro sistema de justicia, la relación entre la guerra y las libertades civiles, y lo más preocupante de todo: las ideas del anarquismo, la obliteración de las fronteras nacionales y como tal de la guerra, la eliminación de la pobreza y la creación de una democracia plena.

El caso de Sacco y Vanzetti revela, en los más descarnados términos, que las nobles palabras inscritas en los frontispicios de nuestras cortes “igualdad de justicia ante la ley”, siempre han sido una mentira. Esos dos hombres, el vendedor de pescado y el zapatero, no lograron obtener justicia en el sistema estadounidense, porque la justicia no se imparte igual para el pobre que para el rico, para el oriundo que para el nacido en otros países, para el ortodoxo que para el radical, para el blanco o la persona de color. Y aunque la injusticia se juegue hoy de maneras más sutiles y de modos más intrincados que en las crudas circunstancias que rodearon el caso de Sacco y Vanzetti, su esencia permanece.

En su proceso la inequidad fue flagrante. Se les acusaba de robo y asesinato, pero en la cabeza y en la conducta del fiscal acusador, del juez y del jurado, lo importante de ambos era, como lo puso Upton Sinclair en su notable novela Boston, que eran wops, bachiches (es decir “italianos mugrosos”), extranjeros, trabajadores pobres, radicales.

He aquí una muestra del interrogatorio policiaco.

Policía: ¿Eres ciudadano?

Sacco: No.

Policía: ¿Eres comunista?

Sacco: No.

Policía: ¿Anarquista?

Sacco: No.

Policía: ¿Crees en el gobierno de nosotros?

Sacco: Sí. Algunas cuestiones me gustan de modo diferente.

¿Qué tenían que ver estas cuestiones con el robo de una fábrica de zapatos en South Braintree, Massachusetts, y con los disparos que recibieron el pagador de la fábrica y un guardia?

Sacco mentía, por supuesto. No, no soy comunista. No, no soy anarquista. ¿Por qué le mintió a la policía? ¿Por qué habría de mentirle un judío a la Gestapo? ¿Por qué habría de mentir un negro en Sudáfrica a sus interrogadores? ¿Por qué necesitaba mentir un disidente en la Unión Soviética a la policía secreta? Porque saben que no existe la justicia para ellos.

¿Alguna vez ha habido justicia en el sistema estadounidense para los pobres, las personas de color, los radicales? Cuando los ocho anarquistas de Chicago fueron sentenciados a muerte en 1886 tras el motín de Haymarket (un motín policiaco, por cierto), no fue porque existiera alguna prueba de conexión entre ellos y la bomba que alguien arrojó en medio de la policía, no había ni un jirón de evidencia. Los condenaron por ser los líderes del movimiento anarquista de Chicago.

Cuando Eugene Debs y otros mil fueron enviados a prisión durante la Primera Guerra Mundial, de acuerdo con la Ley de Espionaje, ¿fue porque eran culpables de espionaje? Eso es muy dudoso. Eran socialistas que hablaban en voz alta contra la guerra. Cuando se emitió la sentencia de diez años para Debs, el magistrado de la Suprema Corte, Oliver Wendell Holmes, quiso dejar muy claro que Debs debía ir a prisión, citando un discurso de Debs: “La clase de los patrones siempre ha declarado las guerras, y la clase sometida siempre ha peleado en las batallas”.

Holmes, muy admirado como uno de los grandes juristas liberales, dejó claro los límites del liberalismo, las fronteras que le fijaba el nacionalismo vindicativo. Después de agotadas todas las apelaciones de Sacco y Vanzetti, el caso llegó ante el propio Holmes, en la Suprema Corte, quien se rehusó a revisar el caso, y dejó que el veredicto quedara en pie.

En nuestro tiempo, Ethel y Julius Rosenberg fueron enviados a la silla eléctrica. ¿Fue porque eran culpables, más allá de cualquier duda razonable, de pasarle secretos atómicos a la Unión Soviética? ¿O fue porque eran comunistas, como dejó claro el fiscal con la aprobación del juez? ¿No fue también porque el país estaba en medio de una histeria anticomunista, cuando los comunistas tomaban el poder en China, había guerra en Corea, y el peso de todo eso había que imputárselo a dos comunistas estadounidenses?

¿Por qué fue sentenciado en California a diez años de prisión George Jackson, por un robo de 70 dólares, y luego fue asesinado a tiros por los guardias? ¿No fue porque era pobre, negro y radical?

¿Puede hoy un musulmán, en la atmósfera de “guerra contra el terror” confiar en una justicia equitativa ante la ley? ¿Por qué sacó la policía de su coche a mi vecino del piso de arriba, si no había violado ningún reglamento de tránsito y luego fue cuestionado y humillado? ¿Acaso fue porque es un brasileño de piel morena que podría parecer un musulmán de Medio Oriente?

¿Por qué los dos millones de personas en las cárceles y prisiones estadounidenses, y los seis millones que están bajo fianza, vigilancia o libertad condicional son fuera de toda proporción gente de color o pobres? Un estudio muestra que el 70 por ciento de la gente que está recluida en las prisiones de Nueva York proviene de siete barrios de la ciudad conocidos como zonas de pobreza y desesperación.

La injusticia de clase corta transversalmente todas las décadas, todos los siglos de nuestra historia. En medio del caso de Sacco y Vanzetti, en el poblado de Milton, Massachusetts, un hombre rico le disparó a otro que recogía leña en su propiedad y lo mató. Pasó ocho días en la cárcel, luego se le dejó salir con fianza, y no fue procesado. Una ley para los ricos, una ley para los pobres; esa es una característica persistente de nuestro sistema de justicia.

Pero ser pobres no fue el crimen principal de Sacco y Vanzetti. Eran italianos, inmigrantes, anarquistas. No habían pasado siquiera dos años desde el fin de la Primera Guerra Mundial. Habían protestado contra la guerra, se habían negado al reclutamiento. Vieron cómo crecía la histeria contra los radicales y los extranjeros, observaron las redadas que emprendían los agentes del procurador general Palmer, del Departamento de Justicia, que irrumpían en mitad de la noche a los hogares sin órdenes judiciales, mantenían a las personas incomunicadas y las golpeaban con garrotes y cachiporras.

En Boston 500 fueron arrestados, los encadenaron y marcharon con ellos por las calles. Luigi Galleani, editor del periódico anarquista Cronaca Sovversiva, al cual estaban suscritos Sacco y Vanzetti, fue detenido y deportado de inmediato.

Había ocurrido algo más aterrador. Un compañero de Sacco y Vanzetti, también anarquista, un tipógrafo llamado Andrea Salsedo, que vivía en Nueva York, fue secuestrado por agentes de la FBI (uso el término “secuestrado” para describir la abducción ilegal de una persona), y se le mantuvo en las oficinas del piso 14 del Park Row Building. No se le permitió hablar con su familia, ni con sus amigos o abogados, y fue interrogado y golpeado, según otro prisionero. Durante la octava semana de su encierro, el 3 de mayo de 1920, el cuerpo de Salsedo, aplastado y desfigurado hasta quedar hecho un amasijo, fue encontrado sobre el pavimento cercano al Park Row Building, y la FBI anunció que Salsedo se había suicidado brincando de la ventana del piso 14, justo del cuarto donde lo tenían retenido. Esto ocurrió tan sólo dos días antes de que Sacco y Vanzetti fueran arrestados.

Hoy sabemos, como resultado de los informes del Congreso en 1975, de un programa de contrainteligencia de la FBI conocido como Cointelpro (Counter Intelligence Program) en el cual los agentes de dicha dependencia irrumpían en casas y oficinas, implantaban micrófonos ilegalmente, se involucraban en actos de violencia hasta el punto del asesinato y en 1969 colaboraron con la policía de Chicago en el asesinato de dos líderes de los Panteras Negras. La FBI y la CIA han violado la ley una y otra vez. No hay castigo para ellos.

Hay muy pocas razones que nos hagan tener fe en que las libertades civiles en Estados Unidos puedan protegerse en la atmósfera de histeria que siguió al 11 de septiembre de 2001 y que continúa hasta el día de hoy. En el país ha habido redadas de inmigrantes, detenciones indefinidas, deportaciones y espionaje doméstico no autorizado. En el extranjero se cometen matanzas extrajudiciales, tortura, bombardeos, guerra y ocupaciones militares.

Así también, el proceso contra Sacco y Vanzetti comenzó inmediatamente después del Memorial Day, año y medio después de que terminara la orgía de muerte y patriotismo que fue la Primera Guerra Mundial, mientras los periódicos seguían vibrando con el redoble de los tambores y la retórica jingoísta.

Doce días después de comenzado el juicio, la prensa informó que los cuerpos de tres soldados habían sido transferidos de los campos de batalla en Francia a la ciudad de Brockton, y que toda la población había salido a celebrar una ceremonia patriótica. Todo esto se hallaba en los periódicos que el jurado podía leer.

Sacco fue interrogado por el fiscal Katzmann:

Pregunta: ¿Amó usted a este país durante la última semana de mayo de 1917?

Sacco: Eso es muy difícil de expresar en una sola palabra, señor Katzmann.

Pregunta: Son dos las palabras que puede usted usar, señor Sacco, sí o no. ¿Cuál es la palabra?

Sacco: Sí.

Pregunta: Y para poder mostrarle su amor a este país, Estados Unidos de América, cuando estaba a punto de llamarlo para que se hiciera usted soldado, ¿se fue usted corriendo a México?

Al principio del juicio, el juez Thayer (que hablando con un conocido con el que jugaba al golf se refirió a los acusados como “esos anarquistas mal nacidos”) dijo al jurado: “Los conmino a que brinden este servicio, al que se les ha llamado a que presten aquí, con el mismo espíritu de patriotismo, coraje y devoción al deber como el que exhibieron nuestros muchachos, nuestros soldados, del otro lado de los mares”.

Las emociones evocadas por una bomba que estalló en la casa del procurador general Palmer durante el tiempo de la guerra –al igual que las emociones desatadas por la violencia del 11 de septiembre– crearon una atmósfera de ansiedad en la cual las libertades civiles se pusieron en entredicho.

Sacco y Vanzetti entendieron que cualquier argumento legal que sus abogados pudieran haber invocado no prevalecería contra la realidad de una injusticia de clase. Sacco dijo a la corte, al escuchar la sentencia: “Sé que la sentencia será entre dos clases, la de los oprimidos y la de los ricos… Es por eso que estoy aquí ahora, en el banquillo de los acusados, por pertenecer a la clase de los oprimidos”.

Tal punto de vista parece dogmático, simplista. No todas las decisiones en las cortes pueden explicarse así. Pero, a falta de una teoría que encaje en todos los casos, el punto de vista simple, fuerte de Sacco, es con seguridad una mejor guía para entender el sistema legal que aquel que asume que hay una competencia entre iguales basada en una búsqueda objetiva por averiguar la verdad.

Vanzetti sabía que los argumentos legales no los salvarían. A menos que un millón de estadounidenses se organizaran, él y su amigo Sacco morirían. Palabras no, lucha. Apelaciones no, exigencias. Peticiones al gobernador no, toma de fábricas. No se trataba de lubricar la maquinaria de un supuesto sistema legal justo para que funcionara mejor, sino de una huelga general que detuviera la maquinaria.

Tal cosa nunca ocurrió. Miles se manifestaron, marcharon, protestaron, no sólo en Nueva York, Boston, Chicago y San Francisco; también en Londres, París, Buenos Aires y Sudáfrica. No fue suficiente. La noche de su ejecución, miles se manifestaron en Charlestown, pero un enorme contingente de policías los mantuvo alejados de la prisión. Fueron arrestados muchos manifestantes. Las ametralladoras estaban emplazadas en las azoteas y los reflectores barrían el escenario.

Una gran multitud se juntó en Union Square el 23 de agosto de 1927. Unos minutos antes de la medianoche, las luces de la prisión se atenuaron en el momento en que los dos hombres fueron electrocutados. El New York World describió la escena: “La multitud respondió con un sollozo gigante. Las mujeres se desmayaron en 15 o 20 lugares. Otras, sobrecogidas, se tumbaron en las banquetas y hundieron la cabeza entre los brazos. Los hombres se apoyaban en los hombros de otros hombres y lloraban”.

Su crimen máximo era su anarquismo, una idea que aún hoy nos desconcierta como un relámpago debido a su verdad esencial: todos somos uno, las fronteras nacionales, los odios nacionales deben desaparecer, la guerra es intolerable, los frutos de la tierra deben compartirse, y mediante la lucha organizada contra la autoridad, puede advenir un mundo así.

Lo que nos llega a hoy del caso de Sacco y Vanzetti no es sólo la tragedia, también nos llega la inspiración. Su inglés no era perfecto, pero cuando hablaban se volvía una especie de poesía. Vanzetti dijo de su amigo: “Sacco es un corazón, una fe, un carácter, un hombre; un hombre que ama la naturaleza y la humanidad. Un hombre que lo dio todo, que lo sacrificó todo a la causa de la libertad y de su amor a la humanidad: el dinero, el descanso, la ambición mundana, su propia esposa, sus niños, él mismo y su propia vida… Ah, sí, puede que sea yo más ingenioso y más parlanchín que él, pero muchas, muchas veces, al escuchar cómo resuena en su voz valerosa una fe sublime, al considerar su sacrificio supremo, al recordar su heroísmo, me he sentido pequeño, pequeño en presencia de su grandeza, y me he sentido empujado a no dejar que me invadan las lágrimas, a dominar el corazón que se me agolpa en la garganta para no llorar ante él; ante este hombre al que se le llama capo , asesino y maldito”.

Lo peor de todo es que fueran anarquistas, lo que significaba que tenían alguna loca noción de democracia plena donde no existiría la extranjería ni la pobreza, y que pensaran que sin esas provocaciones la guerra entre las naciones terminaría para siempre. Pero para que esto ocurriera los ricos debían ser combatidos y sus riquezas confiscadas. Esa idea anarquista es un crimen mucho peor que robar una nómina y por eso hasta el día de hoy Sacco y Vanzetti no pueden ser recordados sin gran ansiedad.

Sacco escribió esto a su hijo Dante: “Así que, hijo, en vez de llorar, sé fuerte, de modo que seas capaz de consolar a tu madre… llévala a una larga caminata por el campo en silencio, junten flores silvestres aquí y allá, descansen a la sombra de los árboles… pero recuerda siempre, Dante, en este juego de la felicidad no te sirvas a ti mismo únicamente… ayuda a los perseguidos y a las víctimas, porque son ellos tus mejores amigos… en esta lucha de vida hallarás más amor y serás amado”.

Sí, fue su anarquismo, su amor por la humanidad, lo que los condenó. Cuando Vanzetti fue arrestado, tenía en el bolsillo un volante que anunciaba una reunión que debía ocurrir cinco días más tarde. Es un volante que podría distribuirse hoy, en todo el mundo, de modo tan apropiado como el día de su arresto. Decía: “Han combatido en todas las guerras. Han trabajado para todos los capitalistas. Han recorrido todos los países. ¿Han cosechado los frutos de sus fatigas, el premio de sus victorias? ¿Acaso el pasado les da consuelo? ¿El presente les sonríe? ¿El futuro les promete cualquier cosa? ¿Han encontrado un pedazo de tierra donde puedan vivir como seres humanos y morir como seres humanos? Sobre esas cuestiones, sobre estos argumentos de la lucha por la existencia, Bartolomeo Vanzetti hablará en esa reunión”.

Ese encuentro nunca tuvo lugar. Pero su espíritu existe hoy en la gente que cree y que ama y que lucha en todo el mundo.

*Tomado del nuevo libro de Howard Zinn: A Power Governments Cannot Suppress, City Lights Books, San Francisco, 2007. Este libro será publicado en fecha próxima por La Jornada.

www.jornada.unam.mx

sábado, 26 de julio de 2008

Orobón Fernández: un anarquista unitario y pluralista.

...por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Verdadero "enfant prodigue" del anarcosindicalismo, potencialmente la figura más formada intelectualmente de la CNT de su época. Rudolf Rocker describe así sus comienzos: "… Orobón conoció el movimiento libertario siendo un joven estudiante. Su padre pertenecía al PSOE, pero esto no le impidió confiar a Valeriano y a su hermano Pedro a la escuela libertaria de Valladolid, su ciudad, y en cuyos métodos de enseñanza se movían en la línea aproximada de la Escuela Moderna de Francisco Ferrer…Cenetista desde los 14 años, es influenciado por Evelio Boal (1) y a los 18 años representa a la CNT de Valladolid en el Congreso de la Comedia (1919).

Su militantismo le lleva a ser constantemente perseguido y en 1924 es expulsado de Asturias marchando entonces al exilio parisino. En Francia se relaciona con Max Nettlau (que escribió sobre él: "El bravo español que me ha enviado —Rocker— es un individuo capaz y excelente. Posee el sentido histórico y comprende la "continuity of history"). En el exilio, Orobón se encarga de la Librería Internacional financiada por "Los Solidarios", dirige la revista Iberión y colabora en Les Temps Nouvelles; en 1926 es expulsado de Francia por participar en un mitin contra Primo de Rivera y la guerra de Marruecos, un capítulo en el que el movimiento obrero español no estuvo a la altura de las circunstancias.

Durante su estancia en Berlín, Orobón se asocia con Rocker y aprende el alemán —también el inglés y francés, de manera que traducirá a todos los extranjeros participantes en los congresos de la CNT a los que asiste—, se hace cargo de la secretaria española de la AIT y defiende la necesidad de un programa anarquista que integre la alternativa económica. Intenta volver a España en 1930, pero al ser detenido se exilia de nuevo. Volverá con la República iniciando un período de actividad incansable; atrae a la CNT madrileña a. algunos intelectuales (Eduardo de Guzmán, García Pradas, Cánovas Cervantes, etc); ofrece numerosas conferencias, en particular una famosa en el Ateneo de Madrid donde traza una línea teórica de la revolución que viene desde unos criterios unitarios, en línea con Eleuterio Quintanilla y los asturianos que, con José Mª Martínez al frente, cree imprescindible el frente único con la UGT, el PSOE e incluso los comunistas, en contradicción con la línea de "nosotros solos" que no percibe la radicalización de las bases y las juventudes socialistas.

El referente de Orobón es Alemania, y en la historia alemana, la República de los consejos Obreros debatiera en la que coinciden espartakistas, socialistas de izquierdas y anarquistas.

Su voz es ya conocida a comienzos de 1934. Es uno de los miembros del secretariado de la AIT, y uno de los intelectuales de la CNT más respetado. Pertenecía al grupo dirigente de la regional del Centro, empezó a poner sobre el papel sus conclusiones. Tal como decíamos más atrás, sus artículos reflejaban el pensamiento, también, de algunas otras figuras destacadas de la CNT, de los asturianos firmes partidarios desde 1917 del pacto con la UGT, y también de Vicente Ballester, uno de los portovoces de la regional andaluza, que había visto en su región los efectos de las repetidas y fracasadas insurrecciones; la última y la más trágica, la de Casas Viejas.

Desde comienzos de febrero de 1934, Orobón entrega a La Tierra, diario madrileño que sin ser cenetista defendía a esta central, un largo ensayo. Éste texto causó una profunda impresión. Aunque no lo reprodujeron los órganos cenetistas más difundidos, su contenido será pronto conocido en los medios más militantes de la CNT y de la FAI., cuyas idas sobre la socialdemocracia son tan sectarias como la de los comunistas estalinistas. Sus argumentos provocan muchas discusiones, porque, aunque en lenguaje y principios no rompe con el estilo cenetista, en la táctica que Orobón propone hay un esfuerzo de renovación que da alas a los sectores que perciben que la CNT pasa por una crisis y choca e indigna a quienes, negando esta crisis, defienden a ultranza su actuación “insurrecionalista” en los últimos años.

El ensayo, titulado Alianza revolucionaria, ¡SÍ! Oportunismo de bandería, ¡no!, Orobón Fernández asegura que la Alianza Obrera preconizada por el Bloc y por la Izquierda Comunista con el apoyo del sector “caballerista”, es ya, psicológicamente, un hecho. La democracia política había fracasado en España, y el país se polarizaba, con los socialistas marchando hacia la izquierda y la burguesía hacia el fascismo. Esta Alianza Obrera era, pues, el camino que conducía a la revolución y oponerse a aquélla equivalía a renunciar a ésta. Orobón reclamaba que los comunistas abandonaran su sectarismo y que los socialistas abandonaran su campaña de acusaciones infamantes contra la CNT. Recordemos que muchos socialistas reformistas y republicanos, aseguraban que había sido la campaña abstencionista de los anarquistas había sido subvencionada por las derechas o los radicales. Los socialistas, decía, debían además convencerse de que no era posible pasar de la revolución a la legalidad burguesa para volver a la revolución y luego de nuevo a la legalidad. Largo Caballero, para que se creyera en su posición revolucionaria, debía desplazar de la dirección del socialismo a quienes se oponían a la alianza del proletariado.

Está claro que existían no pocas diferencias entre marxistas y libertarios para que la Alianza pudiera hacerse sobre bases ideológicas abiertas. Estas se podrían crearla sobre una base neutral, puesto que, a juicio de Orobón, socialistas y comunistas confiaban excesivamente en la conquista del poder político como medio de hacer la revolución y no prestaban bastante atención al papel revolucionario que podían y debían desempeñar los sindicatos, que eran los verdaderos representantes de los trabajadores y debían ser los pilares de la sociedad futura. Pero justamente porque había esas diferencias y porque la situación era como era, precisaba llegar a una alianza de las fuerzas obreras. Decía a este respecto: ”Si cada tendencia se empeñase en mantener su propia declaración de principios como molde obligado de la alianza, ésta sería prácticamente imposible”…

Y añade “El acuerdo de carácter táctico es el que ofrece menos dificultades, ya que todos los sectores coinciden en apreciar la gravedad de las actuales circunstancias, y sólo habría que discutir y concretar detalles de modo y oportunidad”. Rememorando el ejemplo de los consejos obreros de Baviera en 1919, Orobón cree imprescindible una democracia proletaria revolucionaria y adelantada los puntos principales de lo que creía que podía ser una plataforma aceptable por todas las organizaciones obreras. Se trataba de cinco en total, y eran:

”Primero: Acuerdo sobre un plan táctico inequívocamente revolucionario que, excluyendo en absoluto toda política de colaboración con el régimen burgués, tienda a derribar éste con una rapidez no limitada más que por exigencias de carácter estratégico;

Segundo: Aceptación de la democracia obrera revolucionaria, es decir de la voluntad mayoritaria del proletariado, común denominador y factor determinante del nuevo orden de cosas;

Tercero: Socialización inmediata de los elementos de producción, transporte, comunicaciones, alojamiento y finanzas; reintegro de los parados al proceso productivo; orientación de la economía en el sentido de intensificar el rendimiento y elevar todo lo posible el nivel de vida del pueblo trabajador; implantación de un sistema de distribución rigurosamente equitativo; los productos dejan de ser mercancías para convertirse en bienes sociales; el trabajo es, en lo sucesivo, una actividad a todo el mundo y del cual emanan todos los derechos.

Cuarto: Las organizaciones municipales e industriales, federadas por ramas de actividad y confederadas nacionalmente, cuidarán del mantenimiento del principio de unidad en la estructuración de la economía.

Quinto: Todo órgano ejecutivo necesario para atender a otras actividades que las económicas estará controlado y será elegible y revocable por el pueblo.

Y finalmente añadía: “Estas bases son mucho más que una consigna. Representan un programa que recoge sistemáticamente las realizaciones susceptibles de dar médula social a una revolución”.

Detrás de esta inquietud, subyace la conciencia clara del "irresistible" ascenso del fascismo es fruto de la división obrera. En particular por la derrota de la poderosa clase obrera alemana dividida (entre socialdemócratas y estalinistas), reemprende con vigor la defensa de un frente único contra el fascismo: "La represión, escribe, con que se está diezmando a la CNT es un anticipo vergonzante y vergonzoso hecho al fascismo específico y una muestra elocuente de como los términos medios y las ponderaciones teóricas de la democracia burguesa se convierten fácilmente en extremos. A la hora de la lucha, los "demócratas" olvidan su filiación política y forman con arreglo a su formación de clase. Aprendan de este ejemplo los camaradas que, por purismos deleznables, se encandilan en la teoría de nosaltres sols. Para vencer el enemigo que se está acumulando frente al proletariado, es indispensable el bloque granítico de las fuerzas obreras. La fracción que vuelva la espalda a esta necesidad es culpable ante la Historia. Porque mil veces preferible a la derrota, que el aislamiento nos depararía, inevitablemente, es una victoria proletaria parcial que, sin ser patrimonio exclusivo de ninguna de las tendencias, realice de momento las aspiraciones mínimas coincidentes de todos los elementos pactantes: aspiraciones mininas que comienzan en la destrucción del capitalismo y la socialización de los medios de producción…".

Estas líneas ilustran de su coincidencia poderosa con la corriente que estaba auspiciando la Alianza Obrera —de la que Orobón fue firme partidario— y que sería abandonada por la CNT-FAI dando la espalda a la huelga general de 1934, y más tarde, oscilando entre el aislamiento y el circunstancialismo gubernamental. VOF se ganó la vida traduciendo y escribió Tragedia de España (1927) y La CNT y la revolución española, que fue prologada por Rafael J. Sender. Gravemente enfermo falleció a principios de 1936 en Madrid. Había nacido en Cistérniga, Valladolid, en 1901. Conociendo su apretada pero brillante trayectoria, leyendo ahora sus escritos, sus traducciones, así como la amplitud de sus inquietudes, Orobón nos recuerda bastante a otro gran libertario de la misma estirpe, Camillo Berneri, igualmente malogrado, e igualmente coincidente en los puntos de vista del conjunto de los movimientos y de una situación en la que los errores políticos tendrían un precio incalculable. Sobre su vida y su obra el lector interesado puede consultar el siguiente libro de José Luis Gutiérrez Molina: Valeriano Orobón Fernández. Anarcosindicalismo y revolución en Europa; Traducción textos en alemán: Felipe Orobón Martínez. Dirección y coordinación: Federación Local CGT Valladolid. Colabora: Comité Regional CGT Castilla-León. Edita: Libre Pensamiento, 302 págs,

Su estudio es recomendable siempre, pero quizás lo deba ser más ahora, cuando son más necesarias que nunca las voces unitarias y pluralistas, opuestas a los “patriotismos” de siglas y escuelas, y lo será tanto más para el año próximo, cuando tendremos que volver hablar largo y tendido sobre la crisis de 1934, la revolucón de Asturias, y todo lo demás.

Notas

— -1) Boal, Evelio, uno de los fundadores de la CNT de la que fue secretario general en 1919 (Valladolid, ?-Barcelona, 1921). Calificado por Buenacasa como el "científico de la organización". Desde muy joven residió en Barcelona. Siendo joven todavía, estudió y aceptó las ideas anarquistas. Apenas terminado su aprendizaje como tipógrafo, decidió dedicarse al teatro, para lo cual poseía vocación…"Trabajó en la compañía del famoso Espantaleón y abandonó una prometedora carrera teatral por sus ideas. En Barcelona trabajó como director del Grupo Artístico Teatral del Centro Obrero de la calle Mercader. Hombre irónico y bohemio, no fue considerado como idóneo para ocupar un cargo de tanta responsabilidad, pero luego se reveló como un notable organizador". Buenacasa llega a referirse a él como imprescindible, como el "único capaz de dar cima al trabajo desarrollado por él en el Comité Nacional". En 1908 formaba parte de la junta del Sindicato deI Arte de Imprimir, que impulsó la huelga contra el diario lerrouxista El Progreso. A continuación de la huelga general revolucionaria de agosto de 1917, representó su sindicato en el comité nacional de la CNT, donde, como primer secretario, se ocupará de la redacción de las actas, y de la correspondencia con Ia ejecutiva de la UGT. Su papel en las negociaciones de unidad con la UGT de cara a la huelga general de 1917 fue muy importante, por lo que luego fue criticado por los sectores más anarquistas de la organización.

En enero de 1919, en plena campaña represiva a causa de la huelga de la Canadiense, estuvo encarcelado en la Modelo, siendo liberado gracias a una petición colectiva de más de quinientos presos al capitán general de Cataluña, Milans del Bosch (¡vaya familia¡), en la que se hacía constar que Boal se encontraba gravemente enfermo de tuberculosis. En diciembre de 1919 será el artífice del congreso del Teatro de la Comedia de Madrid; participará activamente en el inicio de la discusión sobre la unidad sindical con la UGT, siendo confirmado como secretario general de la CNT. En septiembre de 1920 realiza un viaje a Madrid con Seguí y Salvador Quemades con la finalidad de firmar un pacto defensivo con la UGT y evitar más medidas represivas; en octubre de 1920 participa en el PIeno de las regionales celebrado en Barcelona que trató especialmente el pacto con la UGT que resultaría, en parte gracias a Boal, confirmado. Detenido durante los años del pistolerismo patronal en varias ocasiones, fue asesinado, víctima de la "ley de fugas" a principios de 1921 en la calle, al parecer el mismo día que en que salía libre de la última detención. Buenacasa le atribuye junto con el portugués Joaquín Souza la idea de la creación de la FAI, y lo define como "el verdadero científico de la organización".

lunes, 30 de junio de 2008

De principio a fin, la Idea revisitada.

...por Rafael Cid

Anarquismo es democracia y libertad, polis-arquía, gobierno de la polis, donde se aúna lo público, lo privado y lo colectivo. No la oferta placeba de poli-arquía de R.H. Dahl, una carta otorgada al fin que se manufactura como gobierno de muchos. Porque la democracia representativa es otra contradicción en sus términos y sin democracia verdadera (directa) no hay historia, sólo sucedidos y episodios. Anárquico es el pensamiento y hacia la anarquía va la historia (G. Bovio).

En la apuesta por un microautonomismo cantonal y la polis-arquía como prácticas de democracias de proximidad que expresen la potencialidad política que existe en el anarquismo (versión avanzada y superadora del pensamiento liberal y socialista) no debe hurtarse la contundencia de los argumentos que refutan esa capacidad en las sociedades de masas. Antes al contrario, precisamente hay que extraer de esa contingencia a escala, avalada por el pensamiento político clásico, la causa para incitar a una búsqueda de la verdadera democracia en el cuerpo a cuerpo político, en la acción directa y horizontal, entre libres e iguales. Porque en eso que los críticos de la democracia directa consideran el problema (las variables macro de la sociedad de masasy sus sinergías) los anarquistas ven la solución. Todo proceso de concentración de poder, político o económico, conlleva dominación sobre las personas y la naturaleza, por lo que la construcción social a escala es el axioma a refutar.

Un peligro intuido hace ya casi dos siglos por Alexis de Tocqueville al proponer como contrapeso frente al despotismo el despliegue de una democracia local que convierta la democracia en costumbre, en el “estado moral e intelectual de un pueblo”. Seguramente para curarse en salud, porque el aristócrata francés tenía muy en cuenta la distinción hecha en 1787 por James Madison, uno de los Padres Fundadores de la nación americana, entre “una democracia pura, por la que entiendo una sociedad integrada por un reducido número de ciudadanos que se reúnen en asamblea, y una república, por la que entiendo un gobierno en el que tiene efecto el sistema de representación” (Citado por R. Dall, La democracia. Una guía para los ciudadanos, 1999, 23-24)

Y desde otra óptica, esta impronta es algo que se percibe incluso en la actualidad cuando analizamos el Índice de Desarrollo Humano (esa especie de ranking de los pueblos más prósperos del planeta) y verificamos que son países liliput en lo poblacional, tipo Islandia, con fuerte sentido cívico-ciudadano, alta integración social y cotas de excelencia en dotaciones públicas esenciales como sanidad y educación, los que reiteradamente asoman al podium del bienestar social mundial que año tras año publica Naciones Unidas.

Tanto la premonición del autor de ese especialísimo libro de viajes que es La democracia en América como el moderno ejemplo de los “países mínimos” (Finlandia también) sitúan en la superación del efecto representación por la vida activa, y no sólo en el legado de la ética calvinista, sus mejores yacimientos de humanismo. Como decía Aristóteles de los ciudadanos de la Grecia de Pericles, al citar su doble capacidad de gobernar y ser gobernados, tal es el tipo de sociedad que hace de los hombres la medida de todas la cosas, superando la brecha entre clases y castas, famosos y anónimos, desigualdad que condena a una mayoría invisible al oficio de mero “escriba” de los intereses de una minoría oligárquica, despótico y ociosa.

Ya en 1911 el profesor Robert Michels, en su clásico Los partidos políticos, dejó establecido en base al análisis de la estructura y práctica política de la socialdemocracia alemana, que existe una profunda incompatibilidad entre liderazgo y democracia. En lo que el estudioso definió como “ley de hierro de la oligarquía”, advertía que el liderazgo profesional pronosticaba el principio del fin de la democracia, y añadía respecto a esa implosión: “no son las masas las que han devorado a sus líderes sino los jefes los que se han devorado entre sí con la ayuda de las masas”. Una especie de talón de Aquiles que derivaba del tamaño de las organizaciones, de forma que cuanto más grandes se hacen más se burocratizan y, frente a lo que pregona la edulcorada versión oficial, “más desarrollan una dicotomía entre eficiencia y democracia interna”.

La opinión del sociólogo germano contra la pulsión antidemocrática de las formaciones a gran escala es implacable y fulmina el mito de la presunción de inocencia de la representación:”Reducida a su más breve expresión, la ley sociológica fundamental que rige ineluctablemente los partidos políticos (…) puede ser formulada así: la organización es lo que da origen a la dominación de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegadores. Quien dice organización, dice oligarquía”. (Les partis politiques, 1914, 300). Y lo denunciado entonces por Michels no ha dejado de agravarse. En la mayoría de los procedimientos democráticos de hoy la elección ciudadana ha desaparecido, sólo hay votación, ya que se selecciona sobre una listas de políticos a los que previamente ha elegido la cúpula del partido. Listas en bastantes casos cerradas y bloqueadas para mayor desprecio del cuerpo electoral. La Constitución Española de 1978, por ejemplo, proclama que la estructura interna y funcionamiento de los paridos políticos “deberán ser” democráticos (artículo 6), pero a la hora de la verdad esa solemne declaración queda en simple propaganda. Así, el artículo 33 del Reglamento del Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados, en teoría la cámara de representación de la soberanía popular, dice sobre la disciplina de voto que “el Comité Director podrá sancionar la emisión del voto contrario a la orientación acordada por el grupo cuando éste se haya realizado de forma voluntaria y haya sido manifestada explícitamente, sin perjuicio del mecanismo disciplinario previsto en los Estatutos Federales del PSOE".

Lo que apoya en la práctica la tesis aquí sostenida de que “el representante político” en realidad vampiriza al ciudadano y convierte en ausente lo que está presente. En el caso antes citado, esta suplantación se perpetra a través de un truco semántico, ése “deberán ser” que remite ad calendas graecas el básico principio democrático en que dice basarse el sistema, con el agravante de que la “persona jurídica” que es el partido político puede negar de facto el derecho fundamental de libertad de expresión a la “personas físicas” de su ámbito jurisdiccional. De hecho, el concepto partido político está constitucionalizado en el artículo 6 de la carta magna con mayor rango normativo que el de libertad de expresión, postergado al artículo 20 de la CE. Mal puede ejercitar el ciudadano su derecho a decidir si cuando vota lo que hace es entregárselo en bandeja, no a su representante directo, ya que no existe el mandato imperativo, sino a la cúpula de los partidos cuyas actuaciones están blindadas por la constitución al considerarlos el instrumento fundamental para la participación política. Algo parecido ocurre con la inclusión en el texto constitucional citado de la figura del “referéndum” y la “iniciativa popular”, dos vestigios de democracia directa, el primero porque es testimonial (consultivo) y el segundo porque necesita un despliegue operativo tan complejo y condicionado que su ejercicio se hace casi imposible en la práctica.

Nuestra exploración por las fuentes libertarias podría criticarse por voluntarista, en línea con la denuncia de Leo Strauss sobre cierta exégesis practicada por un determinado pensamiento político moderno, como un intento de buscar una tradición anarquista entre pensadores del pasado, algo así como un presunto anarquismo de los antiguos. Es una postura válida. Sin embargo, aquí, la intención es distinta. En realidad, se trata de mostrar que el anarquismo surge como una continuación del acervo democrático y liberal para trascenderlo, superarlo y constituir el referente de la modernidad anticapitalista y humanista. No podría ser de otra forma, pues se analiza al anarquismo como la recepción de la democracia de los antiguos y no a la democracia de los antiguos como recepción del anarquismo.

De vuelta a Philip Pettit y su teoría de la libertad de máximos, también dicho autor sitúa en la fecunda obra de Thomas Hobbes el punto de fuga en que culmina el ciclo “libertario” y arranca el “liberal”, al asegurar que “la noción hobbesiana de libertad -como no influencia- gozó de poca influencia antes del siglo XVIII y (…) hasta ese momento la noción republicana de libertad como no-dominación imperó en el mundo angloparlante” (Ibídem, 67).

A más abundancia, como recuerda Pitkin, fue Hobbes quien, aparte de acuñar políticamente el término “representación” para la historia del pensamiento, conceptualizó el estado aparato (Leviatán) como avance civilizatorio ante un previo estado de naturaleza que convertía la vida en un episodio corto, embrutecedor y brutal. Dos sinécdoques, “representación” y “estado”, que operan el milagro político de tomar la parte por el todo sin mella de legitimidad ni soberanía. El mismo Hobbes, por otra parte, que ha sido agudamente reprobado por Rawls por separar ética y política (antes el Maquiavelo de El Príncipe lo hizo axioma) y suministrar la cobertura lógica para una nueva racionalidad adventicia que ha hecho del capital la única medida de todas las cosas. Por el contrario, el anarquismo, al integrar ética y política, y no establecer mutación entre medios y fines, es la norma de convivencia que asegura mayores cotas de justicia, libertad y, por tanto, de democracia real.

De la nada nada sale. La nada nada produce. Porque, si se permite la cita coyuntural, como dijo la legendaria “dirigente” anarquista (y ex ministra) Federica Montseny en un memorable mitin en la plaza de toros de Valencia en los años setenta: “ni las mujeres ni los campos se abonan durmiendo”. Hay donde hubo y habrá donde hay. Hubo anarquismo porque no surgió de la nada sino de los afanes de su tiempo. Hay anarquismo porque el pueblo llano supo intuir sin desmayo la esencia de la convivencia solidaria. Y habrá anarquismo porque mediante la acción directa se sembró de experiencias e ideales el recto camino a la democracia. La prueba está en esa generación emergente de pensadores republicanos y anarcoprimitivistas (por ejemplo, el siempre interesante y trasgresor John Zerzan) que beben en sus fuentes con registros diferentes. O si no, como muestra de lo que puede ser esa especie de “síndrome de Estocolmo” en que se ha instalado la democracia de la tolerancia, medítese sobre el siguiente análisis de Pettit: “A medida que el Estado obtiene los poderes necesarios para ser un protector más eficaz, a medida que se le permite disponer de ejércitos, fuerzas de policía o de servicios de inteligencia más y más grandes, se convierte en una amenaza para la libertad como no-dominación, mayor aún que la de cualquier amenaza que ese Estado trate de erradicar” (Ibídem,143-144).

Desde que tiene memoria, el anarquismo ha significado lucha contra el estado, estructura que no ha sido una forma histórica perenne sino el protocolo político con que se ha presentado en sociedad la modernidad. Pero ahora, cuando el estado-nación declina, no por la acción del corrosivo antiautoritario sino para servir mejor a los intereses de la globalización neoliberal y capitalista, el pensar anárquicamente parece perder con él uno de sus principales referentes. Ante esta perspectiva, ¿cuál debe ser la posición del anarquismo? ¿Sobrevivirá intelectual, social y éticamente el anarquismo en esta incipiente “sociedad del riesgo” (Ulrich Beck), que chapotea sin rumbo en una “vida liquida” (Zygmunt Bauman), contemplando el ocaso de la personalidad moral? ¿Qué futuro tiene el anarquismo después del Estado concebido como esfera pública y ante una imparable “corrosión del carácter” (Richard Sennett) que imposibilita la identidad moral?

Responder a estas preguntas, requiere repensar el anarquismo, impulso que puede tener muchos y diferentes formulaciones, dependiendo de ópticas, coyunturas, situaciones y momentos. Pero una forma consiste en “organizar la anarquía”, explorar las fuentes intelectuales de la acción directa y el antiautoritarismo como no-dominación. Porque no nos hemos quedado huérfanos ni es real el fin del estado. Hay, que duda cabe, una tendencia al estado mínimo represivo y coactivo (policial, contributivo y performativo), pero eso no hace sino blindar el lado autoritario del sistema, dejándolo desnudo de atributos asistenciales y sociales. Vuelve el Leviatán donde solía. Aparte de existir un manifiesto desmembramiento del estado a favor de instancias supranacionales sin contraparte democrática.

Consumir las energías en la negatividad de abatir al estado como tal nunca estuvo en la prioridad axiológica del anarquismo. Reducir el anarquismo a un antiestatismo significaría un fiasco y correría la misma suerte que cierto marxismo primario enfeudado a un determinado sistema productivo. Lo propio del movimiento libertario es la pasión por la libertad, la autodeterminación, la acción directa, la asociación voluntaria, el antiautoritarismo, el apoyo mutuo. Y todas estas certezas llevan a la necesidad de recuperar las raíces de la identidad libertaria en las fuentes de la no-dominación. La historia es memoria y pensamiento cuando se nutre de valores y experiencias de libertad. Y olvido y periodismo cuando habita en “una era de sucesos sin consecuencias” (John Zerzan, Futuro Primitivo, 2001, p.112).

Esta recuperación, no obstante, tiene un coste de oportunidad. Exige ir abandonando la propia tradición, autorreferencial, de circuito cerrado ajeno a las influencias externas, una especie de anarquismo probeta, y pasar a un sistema autopietico en el que, primando la referencia anarquista, se consiga una capilaridad asertiva con el entorno, sobre la base de la comunicación y la interacción. La clave es realizar la justicia dentro de la libertad.

Capítulo I. La polisemia ácrata.

Capítulo II. Del gobierno de todos al sin gobierno.

Capítulo III. Sufragio y acción directa

Capítulo IV. La representación como expropiación

Capítulo V. Ecosistema y cadena trófica

Capítulo VI. Hacer superfluos a los seres humanos

Capítulo VII. Represión estatal y temor de Dios

Capítulo VIII. Organizar la anarquía

Capítulo IX. El antipoder como paideia

Capítulo X. Espacio público, coto privado.

Capítulo XI. La propiedad como robo, la posesión como equidad.

Capítulo XII. Anarquismo nómada y cantonalismo global.

lunes, 5 de mayo de 2008

… el tonto mira el dedo.

...por Félix García Morillón

Continuación del artículo publicado recientemente Cuando el dedo señala la luna...

Ciertamente, como decía en el artículo anterior, el anarquismo se caracteriza por mantener las exigencias fundamentales de una sociedad digna del apelativo de democrática, sin hacer renuncias ni concesiones. Es posiblemente por eso por lo que termina siendo siempre una de las opciones políticas más radicales, esto es, que va más a la raíz de los problemas y de las posibles soluciones.

Siendo, como es, una opción teóricamente buena e irrefutable, lo importante es que no nos quedamos en una variante de la torre de marfil o en una propuesta cátara, esto es, un planteamiento que caería en el error de considerarnos a nosotros mismos los puros e intachables, mirando a todos los demás por encima del hombro, como si fueran unos vendidos o unos traidores. Es más, si leemos los programas que animan a todos los partidos o sindicatos, por centrarme en las organizaciones con marcada intención de intervención social, todos ellos también se declaran fervientes defensores de los ideales democráticos.

La singularidad de la propuesta anarquista radica más bien en hacer una observación de hondo calado práctico: la democracia no es sólo una meta que debamos alcanzar al final de un proceso; la democracia es el camino. En el fondo es una propuesta coherente con un principio básico del anarquismo: el fin no justifica los medios, o lo que viene a ser lo mismo, si quieres alcanzar democracia, empieza por practicarla. La libertad, la igualdad y la fraternidad no vendrán algún día como si del Santo Advenimiento se tratara; vendrán si hoy mismo, aquí y ahora, las ponemos en práctica.

Puestas así las cosas, la acción política inmediata, la intervención social en los conflictos cotidianos que acompañan indefectiblemente a la vida comunitaria de los seres humanos, dispone de criterios claros y sencillos para evaluar si lo que hacemos contribuye a una real transformación social o simplemente se queda en cambios aparentes que logran que nada cambie. No queremos quedarnos mirando el dedo, ni siquiera queremos una variante del dedo más presentable que las anteriores, queremos la luna, como ya decía en el trabajo anterior.

Cierto es que, una vez que optamos por considerar que la democracia es el camino, sabemos de sobra que nunca será una realidad completamente realizada. Nunca llegaremos a la sociedad reconciliada consigo misma en la que todo sea acorde a nuestras grandes aspiraciones. Y en eso está precisamente el secreto, y la gracia, de la acción política. Admitido que no hay salvación en el futuro, nos ponemos manos a la obra en el presente y procuramos denodadamente, sin desánimo ni relajación, conseguir que sea el presente el que cumpla con los requisitos democráticos.

Y lo bueno del asunto es que funciona. Como decía Thoreau, una vez que alguien dice basta, que se niega a seguir obedeciendo y sometiéndose a las normas sociales establecidas, se pone en marcha la revolución, entendida en este sentido más profundo y más sólido. Basta con que hagamos un repaso de las diferentes y muy variadas propuestas que circulan por el mundo globalizado para lograr mantener y potenciar un apreciable grado de sensatez en las relaciones humanas. Al final de esa recapitulación nos damos cuenta de que las cosas funcionan si y en tanto que se ajustan a los criterios democráticos.

¿Pretendemos de verdad incidir en la vida social desde una acción organizada? Pues ya podemos empezar por construir de abajo arriba, pues todo lo que intenta introducirse sin contar con el protagonismo directo de los implicados, termina siendo sustancialmente inútil. Claro está que no es sencillo conseguir que la gente se implique y participe, sin duda alguna muchos son los que terminan cediendo y delegando, del mismo modo que son también muchos los “líderes” que terminan suplantando la capacidad de decisión de la gente. Sin embargo, eso no quita la observación elemental: la acción mantendrá su capacidad de incidir socialmente en tanto que se mantenga esa dinámica que va de abajo arriba, y decaerá al mismo tiempo que esta se desvanece.

¿Buscamos un mundo libre, en el que nadie oprima a nadie y todos puedan ejercer de hecho la capacidad de elegir su propia vida? Pues también aquí nos damos de bruces con una realidad práctica similar. La gente sólo aprende a ser libre ejerciendo su propia libertad en todos los ámbitos, y eso desde la infancia hasta la vejez. Claro está que cometerán errores, pues no hay nadie en posesión de la verdad o la línea correcta que pueda garantizar que sus opciones van a ser las adecuadas. Pero no hay otra salida: o te atreves a decidir por ti mismo, o no haremos nada y nada funcionará realmente.

¿Queremos un mundo de iguales, en el que nadie valga más que nadie y se aplique con rigor el principio básico de a cada uno según sus necesidades y de cada uno según su capacidad? Pues más de lo mismo, empecemos aquí y ahora por ejercer la igualdad, hagamos que la gente rote en las posiciones, optemos porque la voz de todos sea escuchada y sus opiniones sean tenidas en cuenta llegado el momento de tomar decisiones. Cierto es que se mantendrán las diferencias y cierto es también que con alguna frecuencia volverán a degenerar hasta convertirse en desigualdades discriminatorias.

Pero también aquí la acción se mantendrá fresca y creativa, innovadora y eficaz, en tanto en cuanto practiquemos la igualdad. ¿Hemos optado por un mundo fraterno y solidario? Pues manos a la obra y actuemos basados en el apoyo mutuo, conscientes plenamente de que los seres humanos nos necesitamos unos a otros y que la mejor manera de resolver los problemas que nos acosan es aquella en la que los intereses personales se ajustan a los intereses colectivos y en la que la unión de todos, unión no uniformadora sino enriquecedora, incrementa las posibilidades de éxito y de bienestar colectivo e individual. Sin duda alguna habrá quienes busquen el atajo de su propio egoísmo y piensen que lo mejor es actuar bajo el lema de “sálvese el que pueda”. Sin embargo, se equivocan de medio a medio, puesto que los atajos insolidarios no llevan a ningún sitio.

Es así de sencillo y así de claro. La acción social es eficaz en la medida en que las personas implicadas ponen en juego los principios de libertad, igualdad y fraternidad. Y es tan eficaz, que incluso es capaz de ir haciendo frente a quienes optan por lo contrario y remediando los entuertos que estos últimos provocan. Eso exigirá, sin duda, un notable derroche de energías, una gran fuerza moral y habilidad para ir encontrando soluciones concretas en cada momento.

No importa mucho. Mi tesis fundamental es que el anarquismo es la propuesta social más coherente y más eficaz. En ningún momento he dicho que sea la más sencilla ni la más cómoda. No olvidemos que nosotros queremos la luna y no nos conformamos con el dedo.

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